Por qué México necesita un sistema nacional de cuidados, y por qué la mitad del país ya lo está sosteniendo sin reconocimiento.
Por Jessica Pool
Líder de Primera Infancia y Educación · Promotora Social México
Las cocinas encendidas a las seis de la mañana
A las seis y media de la mañana, en cualquier colonia popular del país, las cocinas ya están encendidas. Hay una mujer parada frente a una estufa preparando avena para un bebé que todavía no se sienta solo, o partiendo manzana en cuadritos pequeños para una madre que ya no puede tragar entero. Hay otra sacando uniformes escolares de un tendedero. Hay otra revisando que la sonda de su hijo no esté tapada. Lo que están haciendo todas, a esa misma hora, no aparece como trabajo en ningún recibo de nómina. No suma años para una pensión. No descuenta impuestos. No tiene horario de salida.
El cuidado en México ha sido históricamente una responsabilidad invisible, asumida principalmente y de manera desproporcionada por las mujeres, al interior de sus hogares, de forma no remunerada y sin acceso a seguridad social. El valor de ese trabajo se estima en 24.3% del PIB (CEEY, 2024). La cifra cobra dimensión cuando se compara. El sector manufacturero, que incluye automotriz, electrónica y todo lo que México exporta a Estados Unidos, ronda el 18%. La minería, el petróleo y la generación eléctrica juntos no llegan al 8%. Ese trabajo, el de las cocinas a las seis y media, vale más que la industria manufacturera y la petrolera sumadas.
Qué entendemos por sistema de cuidados
En los últimos años, el debate público ha comenzado a reconocer que el cuidado no es solo una tarea privada, sino una condición que sostiene el bienestar social, los derechos humanos y el desarrollo económico del país. El concepto de sistema de cuidados hace referencia al conjunto de políticas, servicios y acciones orientadas a garantizar el derecho de todas las personas a cuidar, ser cuidadas y ejercer el autocuidado. Este enfoque implica reconocer que el cuidado es una necesidad universal que atraviesa todo el ciclo de vida, desde la infancia hasta la vejez, incluyendo a las personas con discapacidad o en situación de dependencia.
La cifra del PIB es contundente, pero no es la única. La Encuesta Nacional para el Sistema de Cuidados (ENASIC) levantada por el INEGI en 2022 estimó que más de 58 millones de personas en México requieren algún tipo de cuidado, lo que equivale a cerca del 45% de la población. Casi la mitad del país necesita que alguien más esté pendiente de su comida, su higiene, sus medicinas, su seguridad. La pregunta natural es quién los cuida.
Quién carga con el cuidado
La provisión de cuidados en México se caracteriza por su fragmentación institucional y por una fuerte dependencia del trabajo no remunerado en los hogares. Según datos del IMCO (2023), más del 80% de estas labores son realizadas por mujeres. El dato no se queda en la estadística. Una de cada tres mexicanas en edad productiva está fuera del mercado laboral remunerado, y la razón principal, según las propias mujeres declaran al INEGI, es que dedican su tiempo a tareas de cuidado en el hogar. No es desinterés ni falta de capacidad. Es que el reloj no alcanza para las dos cosas.
La división del trabajo en México sigue funcionando con una premisa que pocos defenderían en voz alta pero casi todos practican. Que el cuidado es naturalmente femenino, y por lo tanto no hay que pagarlo, ni regularlo, ni reconocerlo. Las consecuencias son acumulativas. Limita la participación de las mujeres en el mercado laboral, perpetúa brechas estructurales de desigualdad y mantiene un arreglo en el que casi la mitad del país depende de la otra mitad sin que medie un contrato.
Asimismo, la oferta pública de servicios de cuidado presenta limitaciones importantes. Mientras existe cierta cobertura en el ámbito de la atención infantil, otros grupos poblacionales como las personas adultas mayores o con discapacidad enfrentan una disponibilidad muy restringida de servicios formales. Esta situación evidencia la ausencia de un enfoque integral que articule las distintas dimensiones del cuidado bajo una política pública coherente.
La primera infancia es donde más se nota la ausencia
Si hay un terreno donde la falta de un sistema de cuidados se nota antes que en cualquier otro, es la primera infancia. Los primeros mil días de vida, desde la gestación hasta los dos años, son los que más demandan presencia adulta sostenida y los que más definen el desarrollo cognitivo, emocional y físico de una persona para el resto de su vida. La evidencia neurocientífica sobre esto lleva tres décadas siendo contundente.
México tiene cobertura de educación inicial para menos del 10% de los niños menores de tres años, una de las más bajas de la OCDE. La consecuencia inmediata se vive en los hogares. Madres que dejan el trabajo formal, abuelas convocadas a una segunda crianza que no eligieron, redes informales de cuidado entre vecinas que funcionan hasta que dejan de funcionar. La consecuencia de mediano plazo se vive en las aulas. Niñas y niños que llegan al preescolar con rezagos de lenguaje, motricidad y regulación emocional que después es muy caro corregir.
Cuidar a un niño pequeño no es un asunto privado de su madre. Es la primera política pública de cualquier país que se tome en serio el desarrollo humano. Los países que lo entendieron primero (los nórdicos, después Uruguay y Chile) construyeron sus sistemas de cuidados empezando justamente por ahí, por la primera infancia, porque ahí el retorno social de la inversión es más alto y porque ahí la desigualdad que se evita es la que más pesa después.
Lo que se llama sistema y todavía no lo es
Frente a este panorama, diversos organismos internacionales y actores nacionales han subrayado la necesidad de avanzar hacia la consolidación de un sistema nacional de cuidados. Esto implicaría no solo la ampliación de la infraestructura y los servicios disponibles, sino también la redistribución de las responsabilidades de cuidado entre el Estado, el mercado, las comunidades y los hogares (BID, 2022). Cuando uno solo de los cuatro carga con casi todo (en el caso mexicano, los hogares, y dentro de los hogares, las mujeres) el arreglo es insostenible y profundamente desigual.
La política pública del cuidado, tal como la plantea la CEPAL, supone tres movimientos simultáneos. Reconocer el cuidado como trabajo, con todo lo que implica en términos de contratos, salarios y derechos laborales. Redistribuirlo entre hombres y mujeres mediante medidas como licencias de paternidad reales, no las dos semanas simbólicas que hoy ofrece la ley federal. Y reducir la carga total mediante servicios públicos como estancias infantiles con cobertura suficiente y horarios compatibles con jornadas laborales, escuelas con horarios extendidos, centros de día para personas mayores, atención domiciliaria para personas con discapacidad. Reconocer, redistribuir, reducir. Las tres erres del cuidado.
Ninguna de las tres es barata. La CEPAL estima que un sistema integral de cuidados cuesta entre 1% y 3% del PIB anual, dependiendo del nivel de cobertura. Es mucho dinero. También lo es el 24.3% del PIB que las mujeres ya están aportando gratuitamente al sostenimiento del país.
Lo que cambia cuando el cuidado se nombra
Hay una conversación que viene ocurriendo en otros países de América Latina y que en México apenas asoma. Uruguay aprobó su Sistema Nacional Integrado de Cuidados en 2015. Chile lleva desde 2022 construyendo el suyo. Colombia incorporó la economía del cuidado en su Plan Nacional de Desarrollo. No son experimentos perfectos. Uruguay sigue corrigiendo problemas de cobertura, Chile debate cómo financiar la expansión. Pero son países que decidieron mover el cuidado del territorio de lo privado al territorio de la política pública. Que es, finalmente, donde se mueven los derechos cuando dejan de ser concesiones.
En México, la reforma constitucional para reconocer el derecho al cuidado avanzó en 2020 en la Cámara de Diputados y se quedó atorada en el Senado. La iniciativa más reciente, presentada en 2024, vuelve a poner sobre la mesa el reconocimiento del cuidado como derecho humano. Que se apruebe o no dependerá de cuánto presione la sociedad civil, cuánto pesen los compromisos internacionales y cuánto se entienda, en el debate público, que esto no es un asunto de género en el sentido estrecho del término.
La construcción de este sistema enfrenta desafíos significativos. Entre ellos destacan las restricciones presupuestarias, la necesidad de coordinación interinstitucional y, de manera fundamental, los cambios culturales requeridos para transformar la división sexual del trabajo. El reconocimiento del cuidado como un derecho social implica una reconfiguración profunda de las relaciones sociales y de los marcos normativos que las sustentan.
Quién cuida al cuidador
Vuelve la imagen del principio. La mujer frente a la estufa preparando avena, partiendo manzana, revisando una sonda. Esa mujer no aparece en las cuentas nacionales. Tampoco en los discursos oficiales, salvo cuando hay que invocar a las madres mexicanas como símbolo. Cuando se habla de productividad, de competitividad, de crecimiento, ella es ruido de fondo. Cuando se habla de pobreza, ella es estadística. Cuando se habla de México como proyecto, ella es la que sostiene el proyecto sin que el proyecto la sostenga a ella.
Construir un sistema nacional de cuidados no es un gesto de generosidad institucional. Es un acto de honestidad con la economía que ya existe. El cuidado se está produciendo todos los días, a todas horas, en proporciones que ningún sector formal alcanza. Lo que está en discusión no es si vale la pena cuidarlo, ya lo cuidamos, sino quién carga con el costo y bajo qué condiciones. Hoy lo carga, casi sola, una mitad del país.
México se encuentra en una etapa todavía temprana en la construcción de su sistema de cuidados. Su consolidación contribuiría a garantizar derechos fundamentales y, al mismo tiempo, abriría la puerta para que las cuidadoras, las profesionales y las no remuneradas, puedan reclamar lo que les corresponde. Sin ese marco, todo lo que hagan los gobiernos seguirá siendo programa, no política. Favor, no derecho. Y mientras tanto, todos los días a las seis y media de la mañana, alguien en este país seguirá encendiendo una cocina sin que nadie le pregunte cómo durmió.
Nota editorial
La escena de apertura y cierre describe situaciones generalizadas a partir de los patrones documentados en la Encuesta Nacional para el Sistema de Cuidados (INEGI, 2022) y en estudios del IMCO sobre economía del cuidado. No corresponde a entrevistas individualizadas. Las cifras citadas son textuales de las fuentes referenciadas.
Referencias
Banco Interamericano de Desarrollo (BID). (2022). Políticas de cuidado en América Latina: avances y desafíos.
Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY). (2024). Respuesta para un sistema de cuidados.
Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). (2021). La sociedad del cuidado: horizonte para una recuperación sostenible con igualdad.
Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). (2022). Hacia la construcción de sistemas integrales de cuidados en América Latina y el Caribe.
Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). (2022). Encuesta Nacional para el Sistema de Cuidados (ENASIC).
Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO). (2023). Hacia una economía de cuidados en México.




