Reconstruir una escuela, reconstruir una comunidad

Por Fernando Aguilar · Líder de Salud y Acción Humanitaria, Inversión Social en PSM

Dos huracanes, diecinueve planteles y una alianza que empezó con una sola escuela en mente. Crónica de dos días en las zonas más golpeadas de Acapulco, donde la reconstrucción no es una metáfora.

Hay un momento, en cualquier visita de campo, en el que las cifras se vuelven secundarias. Para mí ocurrió a media mañana del primer día, frente a una de las escuelas que recorrimos en Acapulco, cuando un grupo de niños salió al patio y empezó a correr sin más razón que poder hacerlo otra vez. No había discurso ni protocolo en ese instante: solo el sonido de pasos sobre un piso que, hasta hace poco, no existía.

Los dos días pasados tuve la oportunidad de representar al equipo de Inversión Social y a todo PSM durante la visita de campo en la que la organización Niños en Alegría entregó los resultados de su intervención. Llegamos a una ciudad que aún carga, en sus paredes y en sus rutinas, la huella de dos golpes seguidos: el huracán Otis, en octubre de 2023, y el huracán John, en septiembre de 2024. En medio de esa cicatriz doble se inscribe el proyecto que veníamos a conocer.

Diecinueve planteles, una sola convicción

El proyecto consiste en la reconstrucción, rehabilitación y equipamiento de 19 planteles de educación pública, ubicados en las zonas más vulnerables y rezagadas de Acapulco, las que, casi siempre, son también las primeras en ser olvidadas cuando los reflectores se apagan. En estos dos días recorrimos 8 de esos 19 planteles. Los demás los conocimos por las voces de quienes nos los contaron: directoras que mostraban fotografías en sus celulares, maestros que describían el antes y el después como quien narra dos versiones distintas de su propia vida laboral.

El financiamiento llegó a través de la alianza Multiplicando Alegrías, un esquema que articula la participación de múltiples fundaciones y actores clave bajo un modelo de colaboración multisectorial. Detrás de ese término técnico hay algo más simple: un grupo de organizaciones que decidieron poner sus capacidades en una misma mesa y empujar todas hacia el mismo lado.

Lo que cabe en una cifra

Los números del proyecto son contundentes y conviene mirarlos sin prisa: aproximadamente 5,321 alumnos, 308 docentes y 28 directivos, para un total de 5,657 personas impactadas directamente y un estimado de 15,274 personas impactadas indirectamente. Cada uno de esos números es, en realidad, una historia: la de una niña que vuelve a tener un salón con techo, la de un maestro que recupera el pizarrón, la de una madre que sabe que cuando el cielo se ponga gris otra vez habrá un edificio firme al que llevar a sus hijos.

Lo que se ve en campo

No exagero al decir que fue una visita sumamente gratificante. Las sonrisas de los alumnos, los maestros y los padres de familia al recuperar espacios dignos (donde las niñas y los niños pueden tener un mejor desarrollo y las familias un refugio comunitario) ordenan las prioridades de cualquiera que llegue de la oficina con la cabeza llena de tablas y reportes. En los planteles que visitamos vimos pintura nueva, baños funcionales, aulas equipadas. Vimos también algo más difícil de medir: un sentido de comunidad que vuelve a tener un lugar físico donde reunirse.

Cómo una escuela se convirtió en diecinueve

Conocer la historia detrás de la iniciativa fue, quizá, la parte que más me marcó. La meta original era rehabilitar una sola escuela. Una. Pero conforme se fueron sumando fundaciones participantes, entre ellas PSM, la cifra creció hasta llegar a 19. Es el tipo de aritmética que no aparece en los manuales de gestión: empieza con una intención y termina, casi sin darse cuenta, en una escala que ninguna organización habría podido sostener por sí sola.

Este proyecto es un claro ejemplo de que, cuando sumamos capacidades, experiencia y voluntad, logramos mucho más que la suma de nuestras partes. Lo digo después de haber visto, con mis propios ojos, lo que significa para una comunidad que su escuela vuelva a abrir. Regreso a la oficina con la misma certeza con la que llegué a Acapulco, pero por razones distintas: no por los datos (que ya conocía) sino por las caras que ahora les pongo.

 

Acompañan este texto fotografías de la visita. Sobra buen material para seguir contando la historia.

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