¿Qué hace posible un buen comienzo de vida?

La salud, la nutrición, el afecto, los cuidados y la seguridad están profundamente relacionados durante los primeros seis años. Comprender estas conexiones abre nuevas oportunidades para acompañar el desarrollo de niñas y niños en México.

El bienestar de una niña o un niño se construye en muchos espacios: en la mesa donde se alimenta, en los brazos de quienes le cuidan, en el lugar donde juega, en la atención que recibe cuando enferma y en la tranquilidad de crecer en un entorno seguro. Son experiencias cotidianas que, en conjunto, influyen en su desarrollo y en las oportunidades que tendrá a lo largo de la vida.

Durante los primeros seis años, estas dimensiones se entrelazan constantemente. La salud influye en el aprendizaje, la nutrición favorece el crecimiento y los vínculos afectivos contribuyen al bienestar emocional. Comprender cómo se relacionan nos permite mirar el desarrollo infantil de manera integral y encontrar nuevas formas de acompañarlo.

En México, las oportunidades para aprovechar esta etapa siguen siendo desiguales. En 2024, el 41.9% de las niñas y los niños menores de seis años vivía en situación de pobreza. Por otra parte, según datos de 2021-2023, el 45.6% de los menores de un año contaba con su esquema de vacunación completo.

Estas cifras reflejan desafíos de distinta naturaleza que comparten una misma necesidad: fortalecer las condiciones que permitan a cada niña y niño desarrollar plenamente su potencial.

¿Cómo podemos aprovechar mejor el conocimiento, la experiencia y los esfuerzos que ya existen para ampliar esas oportunidades?

Con esta inquietud, en Promotora Social México, junto con el Pacto por la Primera Infancia, desarrollamos el estudio La primera infancia no puede esperar. Del diagnóstico al cambio sistémico: puntos de palanca y caminos de transición.

La investigación combinó evidencia estadística, entrevistas con especialistas y espacios de diálogo con familias y agentes educativos. A través del pensamiento sistémico, buscamos comprender las relaciones entre los factores que influyen en el desarrollo infantil e identificar oportunidades para generar transformaciones sostenibles.

Uno de los aprendizajes más relevantes fue reconocer que el alcance de nuestras acciones puede ampliarse cuando comprendemos cómo se conectan con las de otros.

Pensemos, por ejemplo, en los servicios de atención a la primera infancia. Su calidad depende de múltiples factores: la preparación de quienes acompañan a las niñas y los niños, las condiciones de los espacios, la participación de las familias y la disponibilidad de servicios que favorezcan su salud y bienestar. Fortalecer cualquiera de estos elementos tiene valor, pero conectarlos permite construir experiencias de atención más completas.

Algo similar ocurre con la nutrición, la salud y la protección. Sus resultados están relacionados con las condiciones del entorno, las redes de apoyo familiar y comunitario, y la disponibilidad de información y servicios pertinentes.

Mirar estas relaciones permite identificar oportunidades de colaboración que difícilmente serían visibles si cada desafío se analizara de manera independiente.

Otro hallazgo particularmente interesante surgió del mapa sistémico elaborado durante la investigación. Entre los 30 elementos analizados, la invisibilización de la importancia de la primera infancia fue el que presentó mayor número de conexiones con otros factores del sistema.

Este resultado invita a pensar en el valor que otorgamos, como sociedad, a los primeros años de vida. Cuando comprendemos mejor su trascendencia, también ampliamos nuestra capacidad para reconocer necesidades, compartir responsabilidades y generar condiciones favorables para el desarrollo infantil.

En México se han logrado avances importantes, como el reconocimiento constitucional de la educación inicial como un derecho en 2019 y la construcción de iniciativas que han permitido articular esfuerzos entre instituciones públicas, organizaciones sociales, academia y sector privado. Estos logros constituyen una base valiosa para continuar avanzando.

La investigación también confirmó la importancia de incorporar las experiencias de quienes acompañan directamente a la primera infancia. Escuchar a madres, padres, cuidadores y agentes educativos permitió enriquecer la perspectiva de los especialistas y reconocer aspectos relacionados con la accesibilidad, la calidad y la pertinencia de los servicios.

Sus aportaciones fueron fundamentales para construir una visión más cercana a las necesidades de las familias y fortalecer las propuestas del estudio. La experiencia de quienes viven una realidad todos los días también es una forma de conocimiento indispensable para transformarla.

A partir de este proceso identificamos 11 puntos de palanca, áreas estratégicas donde es posible impulsar cambios de mayor alcance. Entre ellas destacan la coordinación institucional, el financiamiento estratégico, el fortalecimiento de los sistemas de información, la formación del personal y el acceso a servicios integrales de salud, educación, cuidados, bienestar y protección.

Cada punto se acompaña de caminos de transición con acciones de corto, mediano y largo plazo, construidos a partir del diálogo entre distintos actores y orientados hacia un horizonte compartido.

Como señala Gustavo Payán Luna, director de Estrategia y Evidencia de Impacto Sistémico de Promotora Social México, el valor de este ejercicio está en reconocer lo que el país ya ha construido e identificar dónde podemos sumar esfuerzos para mejorar la vida de niñas y niños, a partir de la evidencia y la colaboración entre sectores.

Esta perspectiva nos recuerda que el conocimiento adquiere un valor especial cuando permite conectar capacidades y orientar decisiones. Las investigaciones pueden ayudarnos a comprender mejor un problema, pero también a reconocer oportunidades que antes no habíamos considerado y a encontrar puntos de encuentro entre quienes trabajan por una misma causa.

La primera infancia es uno de los ejemplos más claros de lo que podemos lograr cuando compartimos una visión de largo plazo. Cada actor tiene un papel que desempeñar y una experiencia que aportar. La oportunidad está en encontrar cómo esas contribuciones pueden complementarse para ampliar su impacto.

Desde Promotora Social México, este estudio fortalece nuestra convicción de que las transformaciones sociales duraderas se construyen a partir del conocimiento, la escucha y la colaboración.

Los primeros seis años de vida nos enseñan que el desarrollo ocurre a través de múltiples conexiones. Nuestra capacidad para generar mejores oportunidades también crece cuando aprendemos a conectar esfuerzos.

Consulta el estudio completo «La primera infancia no puede esperar», elaborado por Promotora Social México y el Pacto por la Primera Infancia.

https://reportes.psm.social/pdf/estudio-de-primera-infancia

Facebook
WhatsApp
LinkedIn
X
Scroll al inicio