Por: Isabella Castro – Líder Juventud y Emprendimiento Social
Empoderamiento de la mujer. Es un término que hemos escuchado tantas veces que quizá hemos dejado de preguntarnos qué significa realmente.
Hablamos de empoderar a las mujeres, de darles herramientas, oportunidades, voz y espacios de decisión. Pero pocas veces nos detenemos en la pregunta que, para mí, debería venir antes: ¿por qué una mujer necesita ser empoderada?
La palabra misma nos obliga a mirar hacia atrás. Si hoy hablamos de darle poder a la mujer, es porque durante demasiado tiempo ese poder le fue negado, limitado o condicionado.
Y entonces surgen preguntas todavía más incómodas: ¿en qué momento comenzamos a pensar que un género tenía más valor que otro? ¿De dónde surgió esta confrontación? ¿Quién decidió qué podía hacer una mujer, hasta dónde podía llegar, qué decisiones podía tomar sobre su vida? ¿Quién fue el juez que determinó que uno debía tener poder sobre el otro?
Hace poco leí The Moment of Lift, de Melinda Gates, y estas preguntas comenzaron a acompañarme de una manera distinta.
Es un libro increíble, pero también abrumador. A través de sus páginas conoces las circunstancias de mujeres en diferentes partes del mundo, sus retos, las estructuras que las rodean y las barreras que condicionan sus posibilidades. Algunas historias resultan especialmente difíciles de comprender desde una mirada contemporánea: cuesta creer que, en pleno siglo XXI, haya mujeres que todavía tengan que luchar por decisiones y derechos que para otras pueden parecer evidentes.
Pero quizá lo más fuerte no son únicamente las historias que conocemos.
Durante la lectura aparecen mujeres resilientes, valientes y profundamente capaces. Mujeres que han sobrevivido a algunas de las formas más injustas de violencia, pobreza, discriminación y abandono. Historias que inspiran, pero que también confrontan.
Porque mientras leía no podía dejar de pensar: ¿qué pasa con todas las historias que no conocemos?
¿Qué pasa con las mujeres que todavía no han podido hacerse escuchar? ¿Con aquellas cuya historia nunca llegará a un libro, a una organización o a una conversación como esta? Y, quizá todavía más doloroso, ¿qué pasa con quienes no saben que aquello que viven no debería ser así porque es la única realidad que han conocido?
Cuando una desigualdad forma parte de tu vida desde que naces, reconocerla como injusticia no siempre es sencillo.
Y ahí es donde para mí la conversación sobre el empoderamiento adquiere otra dimensión.
Me pregunto por qué una mujer tiene que exigir educación. Por qué tiene que exigir oportunidades laborales, seguridad, respeto, escucha, autonomía o una vida libre de violencia.
¿Por qué tenemos que luchar por cosas que deberían venir implícitas en nuestra condición de personas?
Porque antes que mujeres y hombres, somos personas con la misma dignidad y el mismo valor.
Sin embargo, reconocerlo no significa ignorar que partimos de realidades distintas.
En México, las mujeres siguen enfrentando violencia de género, feminicidios, desigualdades económicas y laborales, matrimonios y uniones a edades tempranas y una distribución profundamente desigual de las tareas domésticas y de cuidado. Son problemas diferentes, pero no aislados. Detrás de ellos existen estructuras, creencias y dinámicas que durante generaciones han determinado qué se espera de una mujer y cuáles son los espacios que puede ocupar.
Por eso quizá empoderar no significa simplemente “dar poder”.
Tal vez significa devolver posibilidades que nunca debieron ser arrebatadas.
Significa crear las condiciones para que una niña pueda imaginar su futuro sin que su género determine los límites de sus aspiraciones. Que pueda estudiar, trabajar, decidir, equivocarse, liderar, cuidar —si así lo desea— y construir su propia historia.
Pero también significa algo más: entender que esta no es únicamente una lucha de las mujeres.
La igualdad no puede construirse desde una confrontación permanente entre hombres y mujeres, porque el objetivo nunca debería ser invertir las posiciones de poder. No se trata de que un género gane y otro pierda. Se trata de cuestionar por qué alguna vez aceptamos que tenía que existir esa jerarquía.
Y para cambiarla necesitamos a todos.
Necesitamos políticas públicas que protejan derechos y generen oportunidades. Necesitamos organizaciones que acompañen a las mujeres que enfrentan mayores barreras. Necesitamos empresas que cuestionen sus prácticas. Necesitamos hombres dispuestos a participar en la conversación y a transformar dinámicas que quizá durante mucho tiempo parecieron normales.
Y también nos necesitamos entre nosotras.
Necesitamos mujeres que abran puertas para otras mujeres, que compartan oportunidades, que escuchen, acompañen y reconozcan que nuestras experiencias son profundamente distintas. Porque hablar de “las mujeres” como si todas viviéramos una misma realidad también puede hacernos perder de vista a quienes enfrentan barreras mucho mayores que las nuestras.
Leer The Moment of Lift me dejó muchas historias, pero sobre todo muchas preguntas.
Y quizá eso es lo que necesitamos: seguir haciéndonos preguntas incómodas.
Preguntarnos qué desigualdades hemos normalizado. Qué privilegios damos por sentados. Qué voces todavía no estamos escuchando. Qué podemos hacer desde nuestro trabajo, nuestra familia, nuestras decisiones y nuestros espacios de influencia.
Porque el cambio no comienza únicamente cuando una mujer logra levantar la voz.
También comienza cuando alguien decide escucharla.
Cuando una niña descubre que puede aspirar a algo que nunca había imaginado.
Cuando una mujer encuentra una oportunidad que antes le había sido negada.
Cuando otra mujer decide abrirle una puerta.
Cuando un hombre entiende que la igualdad no le quita espacio, sino que construye una sociedad más justa para todos.
Tal vez llegará un momento en el que ya no necesitemos hablar de “empoderamiento de la mujer”. Un momento en el que no sea necesario explicar por qué una niña merece estudiar, por qué una mujer merece decidir sobre su futuro o por qué su voz debe tener el mismo peso.
Mientras ese momento llega, todavía tenemos mucho por cuestionar, mucho por defender y, sobre todo, mucho por construir juntos.




